Algo de historia
Hace 158 años, en Querétaro, concluyó uno de los hechos históricos patrios de gran relevancia al ser tomada esa plaza por las fuerzas republicanas dirigidas por el general neoleonés Mariano Escobedo.
Con ello, se puso fin a los conflictos bélicos que se venían desarrollando desde cinco años atrás; de igual manera, la forma monárquica en México no volvería a tener cabida en nuestra nación hasta nuestros días.
Numerosos historiadores, cronistas y divulgadores han escrito infinidad de veces sobre el Sitio de Querétaro; sin embargo, aún no existe certeza sobre si hubo o no una traición a Maximiliano.
Quizá el libro de más relevancia sobre el asunto que nos ocupa sea el escrito por Alfonso Junco La Traición de Querétaro (1956). En dicha obra, el autor, con voz cantante en el tema, nos muestra su interpretación del hecho de armas: “Estoy bien informado sobre lo de Querétaro, por la sencilla razón de que he leído cuanto sobre ello se ha escrito, no sólo en libros, sino en documentos y periódicos de la época”. Además de lo anterior, Junco alcanzó a escuchar testimonios de los actores principales del contexto del Segundo Imperio. Y sí, Alfonso Junco sigue siendo el referente clave para entender los pormenores del Sitio, más allá e Iglesias Calderón o el notario Rafel L. Torres, estos últimos, amigos íntimos del hijo de Miguel López, los cuales sus respectivas interpretaciones históricas, se decantaron por la culpabilidad de Maximiliano en cuanto a la entrega de la plaza de Querétaro.
Tanta autoridad sintió Junco, que no tuvo reparo en emitir su opinión respecto a don Mariano Escobedo, en cuanto al informe que este último emitió a fin de aclarar la verdad sobre lo ocurrido en la madrugada del 15 de mayo de 1867 en Querétaro: “Escobedo falta a la verdad en su informe”. Tachar falaz al “vencedor de Querétaro”, era una opinión bastante arriesgada en aquellos días y en para los nuestros.
Pero ¿qué podemos rescatar de los que Alfonso Junco expone en la multicitada obra?
En primer lugar, el señor demostraba un claro conocimiento sobre el tema, pues se nota que estaba bien informado acerca de la supuesta traición de Miguel López hacia su compadre Maximiliano. Además, es evidente el uso riguroso de las fuentes históricas a su disposición.
Sigue minuciosamente el actuar de Miguel López desde que este penetra con fuerzas republicanas a La Cruz, cuartel general de los imperialistas, y lo deja hasta que pide una venía a Escobedo para que vaya a ocuparse de asuntos personales en su natal Puebla. Nunca pisó cárcel este señor como sus demás compañeros de armas; desde generales, coroneles, capitanes y demás soldadescas imperialistas, quedaron bajo resguardo militar liberal, siendo perdonados algunos militares imperiales de menor rango, beneficio que los de más alta jerarquía no pudieron gozar. Ejemplo de ello es el caso de los generales: fueron sometidos a juicio y condenados a la pena capital. Su absolución la explico en mi último libro Condena y Olvido sobre algunos generales del emperador Maximiliano.
En segundo lugar, Junco no tuvo reparos en señalar que existieron acuerdos secretos entre algunos liberales, como Escobedo y los Rincón Gallardo, con Miguel López, para que este facilitara la toma de la plaza. Esta afirmación no se queda en una simple declaración, ya que la fundamenta e interpreta apoyándose en hechos y fuentes de difícil impugnación.
Como tercer aspecto, don Alfonso investigó la vida de Miguel López tras el Sitio de Querétaro, sin detenerse en si realmente falleció a causa de la mordedura de un perro o si el escarnio social hacia él y su familia fue tan intenso que su esposa terminó abandonándolo. En este último punto podría señalarse que el estigma de traidor efectivamente afectó a López y su familia, quienes padecieron las consecuencias de dicha acusación; sin embargo, como suele suceder, esto se fue desvaneciendo con el tiempo. De hecho, los hijos de don Miguel lograron llevar una vida prácticamente normal. Junco detalla a qué se dedicaron y cómo vivieron.
Al igual que Miguel López, llevó una vida tranquila por lo que hace a su economía. Se decía que era una persona muy caritativa con quienes lo rodeaban. Además de que era un pequeño empresario, y tenía personas trabajando en su negocio.
Una breve opinión
Hace un año, salió a la luz pública mi último libro. En la dicha obra, decidí narrar la suerte de algunos de los generales de Maximiliano después de muerto su emperador.
Mientras hacía esa investigación, aprecié –con base en las fuentes históricas consultadas–, que todos estos militares, sin excepción, fueron prisioneros de guerra; formaron parte de un consejo de guerra en calidad de acusados; se les sentenció a la pena capital, misma que les fue conmutada con prisión por varios años, dependiendo del grado de culpas que en ellos encontraron. Ni uno de ellos fue absuelto. Todos estos militares tuvieron que pagar por el hecho de haberle hecho la guerra al movimiento progresista y defender una causa monárquica. Aunado a lo anterior, la tacha de traidores los siguió a lo largo de su vida, varios de ellos no pudieron acceder a empleos dignos de su oficio o profesión y murieron en condiciones muy marginales de pobreza. Todo lo anterior tiene mejor explicación en la citada obra.
Lo que pretendo hacer es: resaltar que a Miguel López no le fue incoado ningún tipo de culpa por el hecho de haber estado en el Sitio de Querétaro, y ser parte de las huestes imperiales con el grado de coronel. Existió una venia poco clara sobre este tipo de “trato” que recibió por parte principalmente de Mariano Escobedo. De igual manera, a López no se le privó de su libertad, y tampoco sufrió la requisición de su patrimonio.
Miguel López, si bien es cierto, no tuvo problema alguno con la administración liberal en cuanto a la persecución por haber sido parte de la milicia imperial, sí sufrió –como referimos con antelación–el escarnio público de la etiqueta de traidor. Eso lo siguió por muchos años de su vida.
A más de 150 años de ocurrido el hecho de armas que nos ocupa, no debe callarnos ningún tipo de interpretación histórica que pueda ser sustentada. Por ello quisiera poder expresar lo siguiente:
Es obvio que Miguel López tuvo un acuerdo con los liberales con los que negoció, sea por la encomienda de Maximiliano o no. Los hechos acontecidos con este señor después del triunfo de la República dan cuenta de ello. En todo caso, ese famoso documento, si fue redactado por el emperador o falsificado por López, quedaría en un segundo plano. La plaza fue tomada y con ello concluyó el Segundo Imperio Mexicano, que para nada fue efímero; esa es una afirmación ignara en todo sentido.
Si Maximiliano escribió el documento que Miguel López anunció en 1887 y que se publicó en 1889, en el cual supuestamente le encomendaba a López negociar con Escobedo para entregar la plaza, fue el propio emperador quien sufrió las consecuencias de haber firmado dicha encomienda. López, por su parte, vivió muchos años más, aunque cargando con el estigma de traidor; aunque conservó su libertad, vida y bienes.
Un aniversario más de la toma de Querétaro.
Durante muchos años, la prensa reprochó a Mariano Escobedo si la toma de la plaza de Querétaro fue resultado de sus propios méritos o si Miguel López fue el verdadero artífice de esta victoria liberal. “La fiesta de Miguel López” denominaba algunos rotativos a la conmemoración sobre el fin del Sitio de Querétaro.
Alguna historiografía en México, principalmente la que comparte la ideología liberal, se ha encargado de presentar como impecables a ciertos personajes que defendieron esa causa, entre ellos Escobedo. Si el señor negoció la victoria que lo consagró en las páginas de la historia patria como “el vencedor de Querétaro”, ello no desmerece esa acción bélica, incluso si se acepta que contó con el apoyo de fuerzas provenientes del bando imperial. La historia como tal debe de contarse, siempre y cuando exista al menos un respaldo que nos dé luz al respecto. Eso no hará que por ello se desbanque a Escobedo del lugar que tiene en la historia. Tampoco retiraríamos las estatuas o efigies erigidas en su honor; esa tarea corresponde a personas con prejuicios insuperables que se sienten compelidas a modificar el discurso histórico según su conveniencia.
Alfonso Junco afirmaba con notable arrogancia que conocía todo sobre la toma de la plaza de Querétaro, lo cual podría haber sido cierto en su contexto y dentro de los límites que le permitió su metodología de investigación. Pero el tiempo pasa y con este se abrieron nuevos archivos y nuevas fuentes históricas de las que se puede echar mano a veces sin salir de casa. Quizá la historia no cambie mucho, pero hemos accedido a documentos históricos que don Alfonso no conoció y que nos dan luz a una nueva interpretación histórica sobre lo acontecido en la toma de la plaza de Querétaro.